Todos hemos vivido alguna vez una situación de estrés, ya sea en ámbito laboral o en el personal y familiar. Muchas veces necesitaríamos que los días tuvieran más de 24 horas para hacer todo lo que tenemos que hacer. Y sino, que se lo digan a una paciente mía, que, por motivos de confidencialidad, no diré su nombre, pero la llamaremos María. Mujer fuerte y decidida donde las haya. Independiente, valiente, madre coraje y trabajadora incansable.

Hasta aquí puede ser el perfil de cualquier mujer trabajadora y responsable de su entorno familiar. La diferencia radica en cómo está afectando la sobrecarga diaria en su vida, en su peso, en su sueño y en su tiempo libre para disfrutarlo con su marido. Así que el otro día le di un buen “repaso”. Le resumí lo que era su vida (o al menos la parte que yo conozco) y como estaba afectando a su salud.

Me confesó que dormía poco y que su cabeza era una locomotora a las tres de la madrugada y como no podía dormir… ¡se pone a limpiar! – ¿¡Pero María!? ¿Cómo piensas que afecta esto a tu salud? Pues ni idea. – Así que le estuve explicando cómo influye el estrés en la salud.

El estrés no deja de ser un constante estado de alerta de nuestro SNC y por lo tanto necesitamos que en el torrente sanguíneo haya sustancias, entre ellas hormonas como el cortisol, que mantiene el equilibrio de las funciones corporales, el glucagón, que metaboliza los hidratos de carbono o la conocida adrenalina, que incrementa la frecuencia cardiaca. Imaginaros una hora segregando estas sustancias… un día… una semana… un mes… Imaginaros el nivel de toxicidad que puede haber en la sangre de María y el esfuerzo tan grande que tiene que hacer su hígado y sus riñones, los cuales son los encargados de filtrar la sangre. De ahí su cansancio y su irritabilidad.

A ver… respirad… soltad el aire…. No os preocupéis. Tengo buenas noticias. El estrés no es una enfermedad y además podemos controlarlo.

Y ahora pensaréis: “seguro que ahora me va a decir que me tengo que relajar. ¡Ja! ¡qué fácil es decirlo, con todo lo que tengo encima y esta quiere que me relaje. Si me relajo se hunde mi casa”. Pues bien, quiero informaros que NO. Nada se hunde. Recordaros que nadie es imprescindible, y que todos tenemos 10-15 minutos al día para nosotros. TODOS. Aunque sea los 10 minutos después de acostar a los niños.

¿hay cosas que podemos tomar? Claro que sí, por supuesto. Está la maravillosa pasiflora, que, en conjunto con la amapola, nos da la posibilidad de conciliar un buen sueño. La tila alpina es otra buena opción. Para un descontrol mas profundo del sueño, está la melatonina. Todos conocemos la valeriana, para mantener un sueño reparador. Y por supuesto, la ashwagandha o las fantásticas vitaminas del grupo B.

Pero amigos, esto es lo fácil. Lo difícil es tomar conciencia. Hay que ser consecuentes con nuestra realidad. Os propongo un pequeño experimento. Coged un cuaderno y escribid todo lo que hacéis en el día, desde que suena el despertador hasta que os acostéis por la noche (os recomiendo la escritura y no hacerlo de memoria, ya que es la manera que nuestro cerebro va a visualizar claramente todo lo que hacemos). De todo lo que hacemos a lo largo del día ¿qué es lo que realmente hacemos por placer? ¿qué es lo que hacemos por obligación? Si en vuestra lista hay mas obligaciones que placeres, tenemos un pequeño problema. ¿Pero podemos hacer algo al respecto? Por supuesto. Os recomiendo que incorporéis algo que os guste todos los días. Tomar un vino con una amiga, relajarte 10 minutos en el sofá cuando lleguéis a casa, leer un buen libro antes de ir a dormir o ver vuestra serie favorita en el sofá comiendo helado. Lo que queráis.

Lo de la meditación o el mindfulness está genial. Si tenéis ocasión os lo recomiendo. Podéis acercaros a algún centro que lo practiquen y que os pille cerca del trabajo o de casa, aunque solo sea por curiosidad. El masaje o el spa también son opciones para buscar nuestro momento.

Os voy a regalar un truco que funciona muy bien para todos aquellos que, cuando se van a la cama, empiezan a darle vueltas a todo y les dan las mil sin dormir (los que no tengáis este problema, también podéis incluir este truco en vuestra rutina nocturna, pero está más indicado a los que sí lo tienen). Mirad… a la cama solo se va a dos cosas: 1) a dormir y 2) a “divertirnos” con nuestra pareja o en soledad desde el punto de vista sexual. Todo lo demás no son opciones. La cama no es sitio para ver la TV, ni para leer, y por supuesto, para estar con el móvil viendo las últimas publicaciones de vuestras redes sociales. La luz azul del móvil altera significativamente nuestra producción de melatonina. Así que, si vais a la cama para sus dos características principales, genial.  Si no, os recomiendo que os levantéis y hagáis todo eso que hacéis en la cama y vayáis al sofá a leer, mirar las redes sociales o la TV, y cuando tengáis sueño, a la cama. Si aún así seguís dando vueltas en la cama y no podéis conciliar el sueño, repetimos la jugada. Nos volvemos a levantar y así hasta que nos entre el sueño. Esto puede durar tres o cuatro días, hasta que vuestro cerebro entienda que a la cama no se va a pensar, porque si no le castigáis y os levantáis de la cama.

Como os digo siempre, si queréis ampliar, comentar o preguntar algo a cerca de esta u otras publicaciones, os podéis dirigir al área de CONTACTO y estaré encantada de atender vuestras dudas.

Hasta pronto

Namasté